
Hoy ha sido diferente. Aún no ha sonado el despertador, pero ya empiezo a moverme entre las sábanas, inquieta. La luz ya empieza a asormarse por la ventana. Pero aún hay oscuridad. El cuarto está silencioso. Se oye el crujir de los muebles. Me estremezco. Miro el despertador. Aún es pronto. Será mejor que me vuelva a dormir. Cierro los ojos y, en seguida, me quedo dormida. Ya hay algo más de luz en la habitación. Se empieza a ver con claridad. Abro los ojos, sonrío y pienso: Ya es la hora.
Me destapo muy rápido. Apago el despertador. Me pongo las zapatillas y la bata. Salgo corriendo de la habitación. Paso de largo el baño. Entro en la siguente habitación. Abro la puerta despacio, sin hacer ruido. Ha quedado bonita. Avanzo poco a poco, no quiero hacer ruido. Me paro. Mi sonrisa cada vez es mayor. Me asomo y ahí está ella. Con su color chocolate y sus manitas pequeñas. El pijama que lleva es el que llevaba yo de pequeña. Es azul y aterciopelado. Me espero. Se oye un ruido en la habitación. Sigue durmiendo. Miro el reloj, ya son las siete. Empieza a abrir los ojos. Me mira y sonríe. Ha estado esperando este momento igual que yo. Se pone de pie y abre los brazos. Estoy nerviosa. Me sudan las manos. Pero eso no me frena. La cojo. Su tacto es suave. No pesa mucho. Nos miramos y volvemos a sonreir. Pasan unos minutos hasta que por fin le digo: ¡Buenos días, Aadab!